Poemas que celebran la naturaleza

La naturaleza tiene su propio lenguaje: el murmullo del agua, el crujir de las hojas, el silencio de la noche. Estos poemas nos invitan a escucharla y a encontrarnos en ella.

Autor: Juan L. Ortíz

Poema: “Fui al río

Fui al río, y lo sentía

cerca de mí, enfrente de mí.

Las ramas tenían voces

que no llegaban hasta mí.

La corriente decía

cosas que no entendía.

Me angustiaba casi.

Quería comprenderlo,

sentir qué decía el cielo vago y pálido en él

con sus primeras sílabas alargadas,

pero no podía.

 

Regresaba

-¿Era yo el que regresaba?-

en la angustia vaga

de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.

De pronto sentí el río en mí,

corría en mí

con sus orillas trémulas de señas,

con sus hondos reflejos apenas estrellados.

Corría el río en mí con sus ramajes.

Era yo un río en el anochecer,

y suspiraban en mí los árboles,

y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.

Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

Autor: Olga Orozco

Poema: “Para este día”

Reconozco esta hora.

Es esa que solía llegar enmascarada entre los pliegues de otras horas;

la que de pronto comenzaba a surgir como un oscuro arcángel detrás de la neblina

haciendo retroceder mis bosques encantados,

mis rituales de amor, mi fiesta en la indolencia,

con sólo trazar un signo en el silencio,

con sólo cortar el aire con su mano.

Esa, la de mirada como un vuelo de cuervo y pasos fantasmales,

que venía de lejos con su manto de viaje y las mejillas escarchadas,

y se iba bajando la cabeza, de nuevo hasta tan lejos

que yo buscaba en vano la huella del carruaje en el pasado.

Hora desencarnada,

color de amnesia como dibujada en el vacío del azogue,

igual que una traslúcida figura enviada desde un retablo del olvido.

¿Y era su propio heraldo,

el fondo que se asoma hasta la superficie de la copa,

la anunciación de dar a luz las sombras?

No supe descifrar su profecía,

ese susurro de aguas estancadas que destilan a veces los crepúsculos,

ni logré comprender el torbellino de plumas grises con que me aspiraba

desde un claro de ayer hasta un vago anfiteatro iluminado por lluvias y por lunas,

allá, entre los ventisqueros del irreconocible porvenir;

aquí, donde ahora se instala, maciza como el demonio del advenimiento,

en su sitial de honor en medio de la asamblea de otras horas, pálidas, transparentes,

y me dice que mis bosques son luces extinguidas y aves embalsamadas,

que mi amor era erróneo, como un espejo que se contempla en otro espejo,

que mi fiesta es un cielo replegado en el sudario de mis muertos.

Y se queda esta vez, sin bajar la cabeza.

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